Hay algo que estos días nos está rompiendo por dentro.

No es solo el incendio.

No es solo el miedo a perder nuestras casas, nuestros recuerdos o el paisaje que llevamos toda la vida contemplando.

Es la sensación de que, incluso en medio de una tragedia, hay quien sigue viendo una oportunidad.

Los polideportivos, centros de acogida y espacios habilitados, como el asignado para las personas evacuadas de Robledo de Chavela, en Las Rozas (Centro Deportivo y Cultural “La Marazuela”), no son un plató de televisión.

No son un escenario donde buscar la imagen más impactante.

No son un escaparate para conseguir el reportaje del día.

Son refugios.

Lugares donde hay personas agotadas, asustadas, muchas de ellas sin haber dormido, sin saber si su casa sigue en pie, intentando tranquilizar a sus hijos, a sus padres o a sus mayores mientras esperan noticias.

Personas que no han elegido convertirse en protagonistas de ningún informativo.

Sin embargo, estos días hemos visto cámaras entrando en esos espacios, fotografías tomadas a personas en uno de los momentos más vulnerables de sus vidas y reportajes que convierten el sufrimiento ajeno en una imagen de consumo inmediato.

Y eso duele.

Duele porque, cuando alguien acaba de ser desalojado de su casa, lo último que necesita es preguntarse si una cámara está grabando su angustia.

Duele porque la información nunca debería imponerse a la dignidad de las personas.

Nadie cuestiona el trabajo de los medios de comunicación. Informar es esencial. Gracias a muchos periodistas conocemos la evolución del incendio, el esfuerzo de los servicios de emergencia y la magnitud de lo que está ocurriendo.

Pero existe una diferencia enorme entre informar y exponer. Entre contar una tragedia y convertir a quienes la sufren en parte del espectáculo.

El derecho a la información nunca debería hacer olvidar otro derecho igual de importante: el derecho a la intimidad, especialmente cuando una persona atraviesa uno de los peores momentos de su vida.

Quienes hoy duermen en un polideportivo no son personajes públicos.

Son nuestros vecinos.

La mujer que saludabas cada mañana.

El matrimonio jubilado que vive dos calles más abajo.

La familia que tuvo que salir de casa con lo puesto.

El niño que pregunta una y otra vez cuándo podrá volver a su habitación.

Ellos no necesitan focos. Necesitan tranquilidad. Necesitan respeto.

Necesitan sentir que ese espacio provisional sigue siendo, al menos durante unas horas, un lugar seguro.

Porque perder la intimidad también duele. Y duele mucho cuando ya has perdido la sensación de normalidad.

En todas las grandes catástrofes aparecen personas capaces de sacar lo mejor de sí mismas. Lo estamos viendo cada día en los bomberos, en los sanitarios, en Protección Civil, en los voluntarios y en tantos vecinos anónimos que ayudan sin pedir nada a cambio.

Pero también, desgraciadamente, aparecen quienes encuentran en el dolor ajeno una oportunidad.

Una imagen más impactante. Un titular más llamativo. Unas cuantas visitas más.

Y es ahí donde todos deberíamos preguntarnos si realmente todo vale.

Porque detrás de cada fotografía hay una persona. Detrás de cada plano hay una historia. Y detrás de cada rostro hay alguien que probablemente jamás dio su consentimiento para que su momento más difícil terminara circulando por televisiones, periódicos o redes sociales.

Cuando este incendio sea solo un recuerdo, las imágenes desaparecerán de las portadas. Los equipos de televisión se marcharán. Las conexiones en directo terminarán. Pero quienes hoy han tenido que abandonar sus hogares seguirán reconstruyendo su vida.

Por eso, desde aquí, queremos hacer una petición sencilla.

Informen.

Cuenten lo que está ocurriendo.

Den voz a quienes coordinan la emergencia.

Reconozcan el trabajo de quienes están luchando contra el fuego.

Pero, por favor, no conviertan el sufrimiento de las personas evacuadas en un espectáculo.

Porque la noticia es el incendio. Nunca deberían serlo las lágrimas de quien lo ha perdido todo.

La dignidad de las personas no debería sacrificarse jamás en nombre de una buena imagen.